Comienzo de práctica

 

 
Con el fin de inaugurar este espacio de vivencias personales que nos ha hecho experimentar el Kendo a cada uno, no puedo evitar comenzar por mi principio: por varias razones nunca olvidaré cuando conocí por primera vez la existencia de un Dojo de Kendo en Rosario. Fue en una convención de un grupo de fanáticos del anime realizada en la Asociación Japonesa a comienzos del 2008, pero por cuestiones de la vida no comencé a practicar en ese entonces. No fue sino hasta mediados de agosto de dicho año que me enterara de que uno de mis compañeros de primer año de japonés resultaba ser un kendoka, en esas épocas estaba libre de horarios y buscaba una actividad física para comenzar urgente, así que a la noche siguiente me aparecí en el Dojo a observar cómo era la cosa. Grata fue mi sorpresa cuando al llegar me invitaron a “tirarme a la pileta” aprovechando que estaba con ropa deportiva. Y me integraron de entrada, realizamos el calentamiento (que, tras no haber realizado actividad física alguna más allá de hacer clicks y tipear durante los últimos meses, me resultó áspera, por decir lo menos), me facilitaron un Shinai y arrancamos con Suburi duro y parejo, durante el cual me reiteraron “no hagas todas las repeticiones, mañana no te vas a poder mover”, pero uno que es cabezón como todo buen aspirante a kendoka no hizo caso y dio todo lo que tenía para dar, lo cual se sintió obviamente no durante el día, sino durante toda la semana siguiente.

Pero más allá de las lógicas dolencias que alguien que ha pasado mucho tiempo sin realizar actividad física exigente alguna, la sensación de atracción por el Kendo fue instantánea. Aún no se bien qué fue, si el Kiai comunitario durante los Suburis, la sensación de llegar al límite de lo que podía dar mi cuerpo, o el característico aroma de la transpiración de los Keiko Gi (risas), pero definitivamente hay algo que, cuando uno comienza a jugar a que practica kendo, hace que no lo quiera dejar jamás.

Ahora, tras casi 3 años de práctica, habiéndome lesionado y recuperado varias veces, finalmente empiezo a entender ciertas cosas y a “pulir mi técnica” (si es que un 3 Kyu puede decir semejante cosa), y puedo darme cuenta mirando hacia atrás que he crecido en este tiempo, en gran parte gracias a un sostenido entrenamiento físico y espiritual en esta disciplina. Por esto es que estoy seguro que, mientras mi cuerpo me lo permita, no pienso abandonar este arte marcial y deporte e invito siempre a todos, usted lector incluido, a sumarse a esta disciplina, probar una clase o al menos ir a presenciar una, en cualquier Dojo que le sea cercano.

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